En las profundidades abisales del Océano Pacífico, donde la luz del sol nunca ha tocado las aguas oscuras y el silencio es un guardián eterno, habita uno de los seres más enigmáticos del planeta: el pez diablo negro. Este habitante de las sombras es una criatura tan fascinante como temida.
Nuestro protagonista, un ejemplar de apenas veinte centímetros de longitud, se desliza entre las corrientes frías con la maestría de quien ha nacido para gobernar lo invisible. Su piel es oscura como el vacío, un manto que le otorga la invisibilidad entre las sombras marinas.
Sin embargo, su verdadera arma yace en su cabeza: un apéndice luminoso, una antena resplandeciente que emite un resplandor hipnótico en la penumbra abisal.
Cuenta la leyenda entre los habitantes del abismo que una vez, una criatura del mismo linaje que el nuestro se enfrentó al peligroso mundo de la superficie.
La curiosidad, esa chispa incontrolable en el corazón de todos los exploradores, llevó a aquel pez diablo a emerger más allá de las profundidades ancestrales. Lo que encontró fue un mundo diferente: un lugar donde la luz no se filtraba a través de la bioluminiscencia sino del astro rey.
Sin embargo, el mundo de arriba no estaba adaptado para criaturas como él. La intensa presión de las profundidades que en su hogar le daba forma y estructura era sustituida por un vacío soportable solo para aquellos que nacieron allí.
El pez diablo, deslumbrado y confundido por el fulgor de la luz solar, comprendió que debía regresar a su santuario acuático. Mientras descendía de nuevo hacia el refugio oscuro del océano, reflexionó sobre la dualidad de su existencia.
En las sombras, él era un maestro de la caza, su vivero un jardín de intrincadas oportunidades donde la paciencia era recompensada con un espectáculo vivo de destellos esporádicos. Allí, su luz no solo atraía presas, sino que contaba historias al mismo tiempo.
Era una lengua de destellos, un canto visual en un mundo donde el silencio resistía incluso a la idea del sonido. El pez diablo hizo de estos recuerdos su enseñanza: la superficie tenía sus maravillas, pero también lo tenía su hogar bajo las aguas.
Al llegar nuevamente a la seguridad de lo profundo, la luz de su antena bailaba una danza agradecida y pacífica. Había aprendido que lo desconocido siempre seducía con la promesa del descubrimiento, pero que el confort incomparable de lo familiar estaba siempre presente.

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